![holguindenochePAR LA DOS[1] Noche de Holguín, Cuba](http://luisyuseff.files.wordpress.com/2009/09/holguindenochepar-la-dos11.jpg?w=300&h=226)
Noche de Holguín, Cuba
Para los cubanos, el verano no es exactamente los tres meses que se marcan en el calendario como tal, comprendidos entre junio y agosto, con algo de septiembre, sino unos días (¿dos meses?) para el “descanso”. Y ese descanso no es otra cosa que dejar a un lado y por unas semanas los estudios. Debe entenderse, también, que ese descanso no significa echarse cómodamente sobre un sofá, mirar televisión, irse a la playa. De ningún modo. Para nosotros, los cubanos, han comenzado a confundirse términos a la vez que reconsideramos otros y aportamos alguna “palabrota” a la lengua de Cervantes.
Vivir el verano es sobrevivir al calor, irse por la calle bajo un paraguas que muy poco favor te hace pues el viento propio de la estación se encarga de destrozar sobre tu cabeza. Vivir el verano es llegarse hasta un café, deseoso de beberte un vaso de agua y encontrarte unos ojos grandes que te anuncian -también con sed, con mucha sed-: “no tenemos agua”. Vivir el verano es aceptar la imposibilidad de irte a la playa, a la sombra de algún almendro y en compañía de unos pocos amigos, a contemplar la belleza que infecta nuestras aguas (porque eso sí, para nosotros los cubanos, vivir el verano es contemplar, acariciar la belleza) porque sencillamente los amigos están demasiado ocupados en vivir su propio verano y en la playa, bajo los almendros es casi imposible permanecer sin correr el riesgo de convertirte en alimento de hormigas.
Para nosotros los cubanos, vivir el verano es bostezar largamente, comer alimentos pesados (¡?) y darse un baño con agua tibia. También hay, claro, quien prefiere un baño de agua fría, pero casi siempre el cubano decide a favor de su agua tibia. Y bajo esa agua tibia le surge al cubano unos deseos enormes de sexuar, porque el verano es, definitivamente, el mes de las “abundantes contribuciones”. Noches donde los adolescentes nadan en sus caldos espesos mientras sueñan con los cuerpos que desean, sin importarles demasiado color u origen, aromas y gustos; simplemente sueñan y desean. Es decir, viven el verano de la mejor manera.
Para otros el verano es más aburrido pues no encuentran demasiadas diferencias entre agosto y enero. Eso les sucede a tantas personas que vemos caminar de un sitio a otro como movidos por una energía anónima. Son los rostros del disgusto. No hacen nada por disimular el malestar que les provocan el aumento de las temperaturas, aunque ignoran las noticias de los periódicos donde dicen que para el año 2030 (¡Dios mío, para esa fecha voy a tener, si sobrevivo al eterno verano, casi 54 años…!) el deshiele de los polos será completo. Eso significa por supuesto estar más cerca del fin del mundo, pero para estas personas tristes, cabizbajas (personas que no piensan pues solamente van de un sitio a otro generando entropía, transpirando, acaso alimentando su disgusto) la vida se acabó hace mucho tiempo.
Vivir el verano en Cuba se parece mucho a morir… El verano tiene sus tormentas y sus tormentos. El 8 de septiembre hizo un año que el ciclón Ike destrozó literalmente esta zona de la isla, día en que se celebró el hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en las aguas de la Bahía de Nipe, casualmente (¿?) en las costa norte de Holguín. ¡Y todavía clamamos por un cicloncito!, una lluvia bienhechora que haga más llevadero este trance, un aguacero que rellene los embalses (para que no nos falte el agüita de cada día), una granizada (para hacer el espectáculo más atractivo y tener cómo justificar las quejas posteriores), y muchos relámpagos (para que no digan que carecemos de luz)… Y después, no… Ahora mismo, mientras escribo mi padre se acerca y me advierte (asunto ahorro energético y protección de equipos) sobre el peligro de escribir en “ese aparato” mientras llueve. La abuela es un poco mística (entre católica, protestante y espiritista) y asegura que “es malo” escribir mientras truena. Mi madre no, ella calla mientras todos opinan con sapiencia, quizás porque la sabia es ella. Ella es quien me dice en esta tarde de septiembre que todo se acaba, -hasta el verano-, en una isla donde el sol dura toda la vida. Y duele, claro que el gran verano duele, y ella lo sabe. De todas maneras, lo más grande que nos queda, me dice, no son los días que se acaban, ni el verano que se acaba, ni la luz que no comienza, ni el trueno aterrador, ni el relámpago afortunado por brevedad y altura, sino esta voluntad contra el verano, contra la naturaleza misma que no puede impedir que permanezcamos en familia, como si fuéramos los sobrevivientes del Arca de Noé. Entonces y solo entonces, con su mano muy cerca de la mía, puedo despedir el verano. Un verano que en Cuba se parece a todos mis veranos anteriores.
(continuará con la última parte)
Escrito por Luis Yuseff 
Algunas horas en las avenidas principales de Medellín, el calor sofocante (aunque nunca tan sofocante como el de Cuba) y un sol obstinado sobre la Plaza de Botero, fueron apenas el inicio del ascenso a lo que sería mi encuentro con la 





