Por qué la noche es tan larga, guitarra, dímelo tú…

octubre 5, 2009

mercedes

Todavía no era la una de la tarde cuando mi amiga y cantante Isabel Angulo me llamó por teléfono. Su hija, que vive en España, acababa de comunicarse con ella y le dio la noticia. “Mercedes Sosa  se murió”. Después de la llamada comenzó a llover en Holguín. Y después de la lluvia hubo dos arcoíris. Y después de los arcoíris dolió un poco más.

En la madrugada estuvimos hablando, hasta cerca de las 2 de la mañana, mi madre, Sergio (mi ángel) y Llaury, un amigo entrañable. Juntos nos reímos, hicimos silencios y tatarareamos en más de una ocasión las canciones de Un viaje íntimo, el DVD que acompaña los CDs Cantora. Todos sabíamos que Mercedes estaba muy grave; Lully, desde Colombia me había escrito un mensaje escueto, cargado de malos presagios.

Esa madrugada tuve el presentimiento que al amanecer, Mercedes ya no estaría entre nosotros y le dije a todos que estábamos celebrando la belleza de su voz. Porque eso es lo que nos ha dejado La Negra. La Belleza. Y como suele ser costumbre en mí, la Belleza va bien acompañada por una  dosis de tristeza.

Después de la llamada de Isabel y María Fermina, quedó hecho el compromiso de encontrarnos a las siete de la noche en la Casa de la Divina Misericordia; yo debía leer algunos poemas, ya estaba comprometido desde hacía algunos días. Me era difícil, muy difícil aparecer ante personas desconocidas y leer como si nada hubiera sucedido. En realidad para una parte importante del mundo nada ha pasado. Nada ha cambiado. Sin embargo, para mí, para otros tantos amigos o desconocidos en todas partes del planeta el dolor se hizo hondo en nuestros corazones. Cuando se nos mueren los seres que amamos uno debería perder la memoria  de lo que ha sido. Pero no es así. No sé si para bien o para mal, la vida no suele premiar de ese modo.

Ahora pienso, también, que ya no expreso el dolor de la misma manera que hace dos años, quizás. Cuando se está de vuelta de esas zonas tan profundas, claro que no se es el mismo. Y es que uno aprende a llevar dentro la procesión con una sonrisa tímida entre los labios. Una tristeza serena, para no alarmar a los seres que te rodean y te quieren, pero que no pueden entender del todo el hueco que llevas en el pecho.

Cómo quisiera tener a mi lado a la querida Dorian, de Chile. A Jorge y a Will; a Santiago y Augusto, todos mexicanos; a Agnie, de Francia… Entrañables y cercanos gracias a las canciones de La Negra… Qué más puedo pedirle a la vida, digo a Mercedes, que me dejó tantos hermanos… Con ellos he compartido alegrías y tristezas; es decir, hemos vivido. Y pienso en otros tantos amigos cubanos, lejos de Cuba, con ese animal oscuro que llevan dentro… En Miami, George Riverón, y aquella tarde memorable en el Gabinete Caligari, escuchando los chacareras del viejo Atahualpa; él y yo, solitos, mientras veíamos a lo lejos las montañas holguineras… Y recuerdo a Lourdes Castro, ahora en Santiago de Chile, sumada al balcón de la Pachamayda -en la casa de Mayda Pérez Gallego-, donde nos reuníamos a callar un poco, un poquito, mientras Mayda preparaba el té con limón de la noche. Y recuerdo a Tania, que coreó en el Canal de Panamá Dale alegría a mi corazón… Su fotografía nunca llegó. Y después Yudith, la holguinera que fue a Paris y en París, respondiendo a mis presiones por correo electrónico se “coló” en el concierto del Théâtre de Colombes; porque vamos pobres por el mundo… Y claro que también está el agente Gh (Gabriel Pérez), soñando posibles imposibles desde Holguín… Y Belkita, cantando el tema de Carito… Y también está Rubén. Claro que no podría faltar Rubén. Nada podría arrasar las horas que pasamos juntos. A él, más que a nadie, están ligados todos estos recuerdos, porque me acompañó desde el mismo momento en que apareció con una foto gigante de La Negra, y la voz entrecortada, porque la había robado de los archivos de un periódico para mí. En fin, y esto debo de escribirlo en una íntima primera persona: “cuando ya no estuviste, la negrita me acompañó con su Misa, una y otra vez, una y otra vez… Y otra vez.”

Escribo de vuelta de la Casa de la Divina Misericordia. Isabel Angulo y María Fermina cantaron Gracias a la vida; nadie habló. Ni Belkis, ni Gabriel ni yo comentamos nada. Un poco más tarde, en un café, un conocido me dijo que sacaría por la Radio Provincial una “pequeña crónica”, pero que no podía poner ninguna canción interpretada por La Negra. Y es que hay rencores, odios que duran toda la vida, Dios mío… ¡Qué pena! (Sin embargo la TVC pasó una nota copiada de Tele Sur… ) En fin, hay cosas que es mejor no buscarles explicación. Cuando duele no sirve de nada la lógica. Nadie (ninguno) va a traerla de vuelta a la vida; la vida a la que tanto agradeció…

Pudiera gastarme letras y letras escribiendo un millón de palabras grandes; por ejemplo “tú nunca vas a morir, Negra…” pero esto que escribo es para algunos amigos, nada más, y a ellos no les interesan las apologías. Amigos todos que sabemos que La Negra ya no está. Que se acabó la esperanza de que alguna vez íbamos a tenerla en concierto para nosotros. Y que muy a pesar tendremos que seguir cantando, viviendo… o sobreviviendo. Estoy seguro que mis amigos, en cualquier parte del mundo que estén, dispersos como islas, se irán esta madrugada a la cama recordando los versos de Yupanqui, con la respiración bien corta y un poco más tristes, tremendamente tristes, cantando: por qué la noche es tan larga…


Final del verano de un cubano a ritmo literario (6)

octubre 1, 2009
Escritora Maribel Feliú y Deville, en Cuba

Escritora Maribel Feliú y Deville, en Cuba

    Agosto fue un mes intenso. He comenzado a trabajar (a tiempo completo) con una editorial de la Asociación Hermanos Saiz (AHS), organización que reúne a los jóvenes escritores y artistas de la isla. La editorial en cuestión se llama La Luz y tengo cerca de cinco años de trabajo realmente voluntarios con ella. Mi corazoncito se permite este tipo de cosas; es decir, trabajar sin recibir nada a cambio; me refiero a lo material, claro.

    El hecho de haber asumido este nuevo trabajo supone enfrentar “nuevos trabajos”. Llevar a feliz término el plan editorial del 2009 y concretar lo que debe suceder en materia de libros nuevos para el 2010, es una tarea engorrosa (pero como diría un amigo “se goza”). Hacer libros, permanecer vinculado a ese fenómeno excepcional de traer a la luz (vuelve La Luz) un puñado de poemas y cuentos escritos por poetas y narradores por lo general muy jóvenes, sin dudas premia. Atrás quedan las horas de disgusto, discusión, cuentas y facturas, conversaciones innecesarias (pero necesarias). Olvido que mis propios colegas de acá de Holguín,  no puedan entender por qué me ausento por días de las conversaciones en un café o simplemente por qué no les llamo por teléfono, ni les visito. Ofrezco el indulto a sus comentarios, a las comidillas del  mundo literario de provincia. Y finalmente les invito a  “Abrirse las constelaciones”, que es como se llama la peña que cada mes convoco desde las sedes itinerantes de La Luz. Pero volveré a estar con ellos…

      Pero esta peña, nombrada así por el verso de un poeta nacido por estos lares, ha ganado de mi (y de algunos otros) demasiado de nuestras vísceras, sólo que uno tiene que agenciárselas y hacer como si todo estuviera perfecto. Porque así tiene que ser (o parecer) el momento en que un escritor entrega al mundo un nuevo hijo; perdón, quise decir un nuevo libro. Y así, con las vísceras entre las manos pero sonriente, durante el mes de agosto vi abrirse el cielo para nosotros, los poetas de Holguín. Y detrás de esas estrellas vi que estaban los versos de Maribel Feliú, los cuentos de Javier Deville (guantanamero de Holguín), y también estaban los cuentos de Alcides Pereda, premiado con el Celestino de Cuentos en la tarde del 29. Y estaban los cuentos brevísimos de los 10 escritores que esa misma tarde respondieron a mi llamado y se sobrepusieron al “gran apagón”, mitigado por las luces medianamente poderosas de la TV local que se empecinaba en hacerme una entrevista para anunciar al millón y tantos de holguineros que los ven y escuchan que ya existe un DÉCIMO Premio Celestino de Cuentos; aunque ellos, los de la TV, no sabían realmente por qué tanta algarabía entre los literatos por eso de que “el Celestino” cumpliera la insignificante suma de 10 años.

    Y es que han sido 10 años y un poquito resistiendo a los embates de la Risograf (y sus dolencias); 10 años recorriendo el camino “arenoso” del escritor. Diez años soplando suavecito a la llama del candil de la que prende la lucecita de La Luz. Un lustro cuidando la “palmatoria” del ventarrón de las incomprensiones y descuidos. Diez años a los que se ha sobrevivido porque todavía hay quien piensa que la luz (La Luz) es necesaria y hermosa, porque detrás de cada volumen pequeño de papeles presillados y encuadernados rústicamente hay horas de desasosiego. Sí, muchas horas de insomnio dedicados a pensar en las posibles variantes para evitar que La Luz se apague. Y ahora viene a mi memoria una cancioncita, que tarareo en medio de esta descarga para los que se han puesto demasiado serios. No vayan a creerse que la sangre ha llegado al río, aunque casi… En fin, la canción en cuestión tiene un estribillo que dice así: que no se pague, que no se apague la lucecita… Por suerte nadie me escucha mientras espanto moscas con mi voz nasal o de falsete desafinado, todo depende de la pasión que ponga en la interpretación… Lo importante es que no dejo de cantar, como la cigarra. ¿Se acuerdan?: cuántas veces me mataron, cuántas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando… 


Termina el verano en Cuba (5)

septiembre 25, 2009

Noche de Holguín, Cuba

Noche de Holguín, Cuba

Termina el verano, así solemos referirnos los cubanos al inicio del período escolar. Termina el verano; es decir “se acabaron las vacaciones…, comenzó la escuela… hay que madrugar”.

Para los cubanos, el verano no es exactamente los tres meses que se marcan en el calendario como tal, comprendidos entre junio y agosto, con algo de septiembre, sino unos días (¿dos meses?) para el “descanso”. Y ese descanso no es otra cosa que dejar a un lado y por unas semanas los estudios. Debe entenderse, también, que ese descanso no significa echarse cómodamente sobre un sofá, mirar televisión, irse a la playa. De ningún modo. Para nosotros, los cubanos, han comenzado a confundirse términos a la vez que reconsideramos otros y aportamos alguna “palabrota” a la lengua de Cervantes.

Vivir el verano es sobrevivir al calor, irse por la calle bajo un paraguas que muy poco favor te hace pues el viento propio de la estación se encarga de destrozar sobre tu cabeza. Vivir el verano es llegarse hasta un café, deseoso de beberte un vaso de agua y encontrarte unos ojos grandes que te anuncian -también con sed, con mucha sed-: “no tenemos agua”. Vivir el verano es aceptar la imposibilidad de irte a la playa, a la sombra de algún almendro y en compañía de unos pocos amigos, a contemplar la belleza que infecta nuestras aguas (porque eso sí, para nosotros los cubanos, vivir el verano es contemplar, acariciar la belleza) porque sencillamente los amigos están demasiado ocupados en vivir su propio verano y en la playa, bajo los almendros es casi imposible permanecer sin correr el riesgo de convertirte en alimento de hormigas.

Para nosotros los cubanos, vivir el verano es bostezar largamente, comer alimentos pesados (¡?) y darse un baño con agua tibia. También hay, claro, quien prefiere un baño de agua fría, pero casi siempre el cubano decide a favor de su agua tibia. Y bajo esa agua tibia le surge al cubano unos deseos enormes de sexuar, porque el verano es, definitivamente, el mes de las “abundantes contribuciones”. Noches donde los adolescentes nadan en sus caldos espesos mientras sueñan con los cuerpos que desean, sin importarles demasiado color u origen, aromas y gustos; simplemente sueñan y desean. Es decir, viven el verano de la mejor manera.

Para otros el verano es más aburrido pues no encuentran demasiadas diferencias entre agosto y enero. Eso les sucede a tantas personas que vemos caminar de un sitio a otro como movidos por una energía anónima. Son los rostros del disgusto. No hacen nada por disimular el malestar que les provocan el aumento de las temperaturas, aunque ignoran las noticias de los periódicos donde dicen que para el año 2030 (¡Dios mío, para esa fecha voy a tener, si sobrevivo al eterno verano, casi 54 años…!) el deshiele de los polos será completo. Eso significa por supuesto estar más cerca del fin del mundo, pero para estas personas tristes, cabizbajas (personas que no piensan pues solamente van de un sitio a otro generando entropía, transpirando, acaso alimentando su disgusto) la vida se acabó hace mucho tiempo.

Vivir el verano en Cuba se parece mucho a morir… El verano tiene sus tormentas y sus tormentos. El 8 de septiembre hizo un año que el ciclón Ike destrozó literalmente esta zona de la isla,  día en que se celebró el hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en las aguas de la Bahía de Nipe, casualmente (¿?) en las costa norte de Holguín. ¡Y todavía clamamos por un cicloncito!, una lluvia bienhechora que haga más llevadero este trance, un aguacero que rellene los embalses (para que no nos falte el agüita de cada día), una granizada (para hacer el espectáculo más atractivo y tener cómo justificar las quejas posteriores), y muchos relámpagos (para que no digan que carecemos de luz)… Y después, no… Ahora mismo, mientras escribo mi padre se acerca y me advierte (asunto ahorro energético y protección de equipos) sobre el peligro de escribir en “ese aparato” mientras llueve. La abuela es un poco mística (entre católica, protestante y espiritista) y asegura que “es malo” escribir mientras truena. Mi madre no, ella calla mientras todos opinan con sapiencia, quizás porque la sabia es ella. Ella es quien me dice en esta tarde de septiembre que todo se acaba, -hasta el verano-, en una isla donde el sol dura toda la vida. Y duele, claro que el gran verano duele, y ella lo sabe. De todas maneras, lo más grande que nos queda, me dice, no son los días que se acaban, ni el verano que se acaba, ni la luz que no comienza, ni el trueno aterrador, ni el relámpago afortunado por brevedad y altura, sino esta voluntad contra el verano, contra la naturaleza misma que no puede impedir que permanezcamos en familia, como si fuéramos los sobrevivientes del Arca de Noé. Entonces y solo entonces, con su mano muy cerca de la mía, puedo despedir el verano. Un verano que en Cuba se parece a todos mis veranos anteriores.

(continuará con la última parte)


Los amigos que me dejó el verano (4)

septiembre 22, 2009

Con lina y Paola

Con lina y Paola

A Lully ya la conocía de su viaje a Cuba, apenas ocurridos unos meses antes de mi llegada a Medellín,  justo el día que yo recibía, vía telefónica, el anuncio del premio de marras. De modo que este vínculo se estrechó más con mi estancia en su tierra y sirvió, además, para conocer a su familia: a Glorietta, su hermana inteligente y amable; a sus sobrinas Lina, muchacha tierna y avispada y,  a Paola, que parece haber vivido 100 años más de los que tiene, por lo inteligente y por lo particular de su filosofía de vida. Y también me recibió y mostró su jardín la señora Mimi, que me hizo un tinto al estilo cubano, aunque no se parecía al café cubano que hace mi abuela. Y hasta navegué por los procelosos (y rápidos) mares del internet colombiano gracias a las bondades de Rommel y su esposa Gladis, que no estaban en casa cuando tomamos por asalto, la Lully y yo, su cuarto de estudio.

Después vendrían otros amigos. Genoveva, por ejemplo, ser tierno y práctico que me llevó a recorrer los sitios donde venden artesanías paisas con el propósito de traerme a Cuba algunas manillas baratas, pero para eso era prudente que yo no abriera la boca porque de lo contrario sabrían que era “extranjero” y eso, literalmente, me “iba costar caro”. De cualquier manera no hice mucho caso y terminé sentado sobre la acera con uno de aquellos hombres que vendían preciosas piedras brasileñas y todo tipo de “gangarrias” que sería la realización de cualquier poeta “sencillito” de mi pueblo. Al final, el señor y yo terminamos amigos y hasta me dijo que amaba a Cuba y que su sueño era visitarla. Genoveva no pudo menos que quedarse callada; después me invitó a un helado, aunque antes visitamos la Basílica. Parece que Dios está en todas partes, me dije.

(Continuará)


Libros, librerías y bliblioteca que me dejó el verano (3)

septiembre 21, 2009

biblioteca EspañaAlgunas horas en las avenidas principales de Medellín, el calor sofocante (aunque nunca tan sofocante como el de Cuba) y un sol obstinado sobre la Plaza de Botero, fueron apenas el inicio del ascenso a lo que sería mi encuentro con la Biblioteca de España, una mole que gobierna la ciudad desde cualquier parte que se mira. Impone por lo abrupto con que surge de entre las nubes bajas y las casitas ocres de las montañas.

Allí están los libros que jamás un ser humano en cien años  podrá leerse. No sé si eso lo saben los niños que nos pidieron 3 minutos para contarnos a cambio de algunos “pesos” la historia local.  Ni sé, ni creo que podría cambiar las cosas, aunque si sé que una buena lectura haría la vida de cada una de esas criaturas que pululan por cualquier calle del mundo pidiendo dinero, un poquito mejor.

luis y arte Botero

Por lo menos a mí, que no ando por la vida con las manos extendidas sino para el abrazo, la lectura conciliadora me ha servido de mucho, aunque cueste caro y, a veces sea necesario dejar a un lado los paños más hermosos de la moda para traerme a casa la poesía completa de Alejandra Pizarnik, la autoantología de Pessoa o el volumen impresionante de los poemas de Konstantino Kavafis. A esos regalos de mis amigos de allá,  sumo “Pájaros y otros poemas” de Saint-John Perse, que hoy leo y releo gracias a la economía desinteresada de la dulce Genoveva.

En una librería del centro con Gladys

En una librería del centro con Gladys

A veces pienso que en Medellín me acompañaron más los libros que los poetas.  Es decir, estaba un poco más cerca de la Poesía; con el perdón…

(Continuará)


Las alturas que me dejó el vereno (2)

septiembre 11, 2009

luis yuseff tomando las alturas

Algunos buenos amigos de acá en Cuba,  me han preguntado qué sentí cuando llegué a la tierra de los paisas. Quizás sentí un poco de temor con la respuesta que me venía de inmediato a los labios; podría defraudarlos, pero no vacilé en responder: nada. No sentí nada nuevo.

Y era (y es) que para mí lo más importante era que aquel viaje trascendía cualquier deslumbramiento, cualquier efecto de golpe, cualquier hermosísimo canto de sirena (tan peligroso como necesario y revitalizador para cualquier ser humano) porque estaba ascendiendo a los podios del alma humana, a las esencias de la Poesía. Si otros se acercaron tratando de encontrar intereses bastardos en mis conversaciones; si otros creyeron que con comentarios capciosos podrían herir mi sensibilidad, esos se equivocaron porque yo estaba demasiado involucrado con todo el cariño que me otorgaron mis amigos y mi atención se dirigió, casi siempre, a los versos de mis semejantes. Así las cosas, no me queda otra alternativa que decir que llegar a Medellín me hizo sentir que estaba arribando a un sitio que conocía de siempre; ya lo dijo el Apóstol,  América es una sola del Bravo a la Patagonia… Y ahora digo yo, recordando a la Madre Teresa de Calcuta: todos los pueblos son iguales… Y digo, también, que la particularidad que los diferencia es la actitud con que asumen su semejanza. Sin dudas es un acto de humildad esto de aceptarse iguales. Ya sabemos qué difícil es ser humildes.

Ahora, creo que mis amigos podrán entender que lo buscado en aquellos pasillos de aeropuertos; lo que respiré del aire de Antioquia; lo que traje de ese pueblo conmigo no puede resumirse en unas pocas palabras destinadas casi siempre a crear falsas expectativas. A provocar un estado de opinión entre mis “contertulios” que en su mayoría tampoco han visto otra tierra que no sea esta que Cristóbal Colón descubrió hace poco más de 500 años. El hecho de haber salido por primera vez de Cuba a mis 34 años, no mutiló ni generó sensaciones novedosas en mí.  Esa -creo- es la manera que tengo de asumir los “enfrentamientos”, con naturalidad. Y lo escribo así, marcándolo con toda intención, porque el hecho solo de encontrarme a no sé cuántos pies de altura sobre el nivel del mar en un avión (¡se me congela el estómago!) es ya un enfrentamiento de difícil asimilación para el más común de los cubanos (al menos para mí, cubano y común) porque se trata, sin dudas, de un  “enfrentamiento real con las alturas”.  Con las alturas reales.

(continuará)


Las cosas que me dejó el verano (I)

septiembre 7, 2009

luis yuseff en la UDEA

El próximo 9 de septiembre cumpliré  2 meses de estar  “golpeando ventanas”. La idea de este blog surgió en Medellín, Colombia. Para los que me visitaron en un inicio y dejaron constancia de su paso por esta página, saben que estaba por esa tierra suramericana como invitado al Festival Internacional de Poesía de Medellín. Fueron días en verdad intensos. Muy intensos. Era la primera vez que tomaba un vuelo internacional; era la primera vez que me iba a leer mis poemas a un público que no fuera el de mi país. No sabía cuánto podría interesarle a un país como Colombia -tan acostumbrado a escuchar poetas de todas partes del mundo- los poemas de un escritor cubano, “joven” por demás.

El Premio de La Gaceta de Cuba me fue anunciado aproximadamente 2 meses antes de que se inaugurara el festival. El hecho de haber ganado ese premio daba por sentado la posibilidad de viajar a Colombia y estar entre los invitados de ese año al importante evento poético. Pero como ya es costumbre para todo el que necesita “viajar”, después de algunos contratiempos y gestiones de rigor que me mantuvieron a la expectativa, tomé finalmente el vuelo del día 3 de julio hacia Medellín.

Una periodista amiga mía, en entrevista que publicó en el “Cortadito Cubano” bajo el título “Nadie sabe lo que es la Nada”, y que respondí sólo después de haber estado de vuelta a Cuba, me preguntó acerca del proceso que me autorizaba a viajar hasta Colombia.  Entonces le dije  -y lo repito otra vez- que,  lo importante para mí no era el cómo había llegado, sino el hecho mismo de haber estado allí.  Una cosa si estaba clara para mi: era la primera vez que salía de la Isla y lo había hecho nada menos que impulsado por la energía vital de la Poesía. Nada absolutamente merecía más atención que eso y, como es natural, tampoco mayor protagonismo.  Uno tiene que aprender a vivir con alegría el minuto inmediato y no gastarse siquiera un segundo en mirar atrás.

Todo lo que puede detenerme en ese tipo de consideraciones es tiempo que sé le resto a la creación, horas que le arrebato a mis amigos,  días que le niego a mi familia. Así que los nueve días que estuve en Medellín fueron algo más que mi primer encuentro con el mundo exterior. Fue, no me quedan dudas, hacerle espacio real a la Poesía.

(… Continuará muy pronto, amigos)