Las alturas que me dejó el vereno (2)

septiembre 11, 2009

luis yuseff tomando las alturas

Algunos buenos amigos de acá en Cuba,  me han preguntado qué sentí cuando llegué a la tierra de los paisas. Quizás sentí un poco de temor con la respuesta que me venía de inmediato a los labios; podría defraudarlos, pero no vacilé en responder: nada. No sentí nada nuevo.

Y era (y es) que para mí lo más importante era que aquel viaje trascendía cualquier deslumbramiento, cualquier efecto de golpe, cualquier hermosísimo canto de sirena (tan peligroso como necesario y revitalizador para cualquier ser humano) porque estaba ascendiendo a los podios del alma humana, a las esencias de la Poesía. Si otros se acercaron tratando de encontrar intereses bastardos en mis conversaciones; si otros creyeron que con comentarios capciosos podrían herir mi sensibilidad, esos se equivocaron porque yo estaba demasiado involucrado con todo el cariño que me otorgaron mis amigos y mi atención se dirigió, casi siempre, a los versos de mis semejantes. Así las cosas, no me queda otra alternativa que decir que llegar a Medellín me hizo sentir que estaba arribando a un sitio que conocía de siempre; ya lo dijo el Apóstol,  América es una sola del Bravo a la Patagonia… Y ahora digo yo, recordando a la Madre Teresa de Calcuta: todos los pueblos son iguales… Y digo, también, que la particularidad que los diferencia es la actitud con que asumen su semejanza. Sin dudas es un acto de humildad esto de aceptarse iguales. Ya sabemos qué difícil es ser humildes.

Ahora, creo que mis amigos podrán entender que lo buscado en aquellos pasillos de aeropuertos; lo que respiré del aire de Antioquia; lo que traje de ese pueblo conmigo no puede resumirse en unas pocas palabras destinadas casi siempre a crear falsas expectativas. A provocar un estado de opinión entre mis “contertulios” que en su mayoría tampoco han visto otra tierra que no sea esta que Cristóbal Colón descubrió hace poco más de 500 años. El hecho de haber salido por primera vez de Cuba a mis 34 años, no mutiló ni generó sensaciones novedosas en mí.  Esa -creo- es la manera que tengo de asumir los “enfrentamientos”, con naturalidad. Y lo escribo así, marcándolo con toda intención, porque el hecho solo de encontrarme a no sé cuántos pies de altura sobre el nivel del mar en un avión (¡se me congela el estómago!) es ya un enfrentamiento de difícil asimilación para el más común de los cubanos (al menos para mí, cubano y común) porque se trata, sin dudas, de un  “enfrentamiento real con las alturas”.  Con las alturas reales.

(continuará)

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